Insistía en leer El origen de las especies, del señor
Darwin, pero me era imposible. No podía permanecer ni un segundo más despierta
a esas horas. Eran pasadas las doce de la medianoche. Sólo durante la noche de
fin de año íbamos a dormir a esas horas tan agotadoras. A consecuencia de ello,
caí en un sueño tan profundo del que ni Viola podía despertarme...
Y, entre sueño y
sueño, me encontré con el futuro. El futuro en el que me convertía en una
universitaria, y posteriormente, en una mujer científica.
En el maravilloso
sueño me aceptaban en la Universidad de Washington. Al enterarme, me apresuré a
decírselo a mi abuelo. Entré en la Universidad sin que mamá se enterara, pero
el abuelo y mi padre me apoyaban -uno más que otro- y eso solucionaba un poco
el desmadre que sucederá después en el salón. Reuní al abuelo y a mi padre, que
se encontraban en el jardín, y les informé de la situación. Mi padre, agachó la
cabeza y mi abuelo parecía tener una sonrisa más amplia que antes, cosa que me alegraba.
Después de cenar,
la familia se reunió en el salón para debatir el tema del año. Fui quien inició
la conversación:
- Me admitieron en la Universidad de Washington –tenía
miedo, la boca seca y los ojos de mi madre parecían desorbitarse, eran cada vez
más enormes-.
Mi madre nos miró
a cada uno de los miembros del salón y envió a cada uno de mis hermanos a sus
habitaciones correspondientes, estaba claro que echaba fuego por los ojos,
¡menudo fastidio!
- Calpurnia, las mujeres como tú no van a la Universidad,
-dijo- ¿cuántas veces te lo tengo que repetir?
Tenía una voz
exhausta, aunque parecía tranquila.
- Margaret, no veo un motivo por el cual no deba ir a la
Universidad –estaba claro que el abuelo confiaba plenamente en mí y eso me
aliviaba-.
Tras unas
replicas más entre el abuelo y mi madre, mi padre, que parecía ausente, se unió
a la conversación.
- Margaret, no creo que echar a perder una oportunidad
como ésta sea una buena idea, si Calpurnia quiere ir a la Universidad, déjala.
Siempre ha hecho lo que le has pedido y ahora que es ella la que te pide algo,
deberías considerarlo.
Mamá reflexionó
las palabras de mi padre, que me sorprendieron bastante. Finalmente, agotada,
cedió. No sonrió. Se limitó a subir escaleras arriba y a encerrarse en su cuarto.
Por una parte estaba feliz, ¡podía ir a la Universidad! Pero por otro lado
estaba muy triste y decidí ir a consolar a mi madre.
Me sorprendí al
verla llorar en la cama. Rápidamente fui a abrazarla y ella accedió y me
correspondió. Se secó las lágrimas y dijo:
- Calpurnia, hija mía, quiero lo mejor para ti –ya lo
sabía- y eres mi única hija, quería que fueras como yo, pero está claro que has
salido a tu padre. Te quiero muchísimo y, aunque no lo parezca, te apoyaré en
todo, te lo debo. Ya eres toda una mujer. ¡Mírate! Has crecido tan rápido...
La abracé tan
fuertemente que empecé a llorar con ella.
Al acabar la
Universidad me concedieron trabajo en un laboratorio de investigación, como lo
que hacía con el abuelito durante la pubertad. Disfrutaba plenamente de mi
nueva vida científica y de la relación con mi familia.
Me sentía
orgullosa.
Llevaba una vida
de ensueño.
Hasta que
desperté y me vi obligada a aceptar el dichoso presente.
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