Mike y yo nos
tumbábamos en el césped sobre unas finas mantas de tela azul y contemplábamos
las brillantes estrellas que aún seguían en el cielo. Recordando cada duro
momento del 24 de julio del año pasado. Sí, ya había pasado un año de la muerte
de mi joven marido, Arthur Ross. Sólo tenía 35 años cuando murió, un día caloroso
y sofocante como éste.
Mike, a sus 7
años de edad, lloraba como alma que se lleva el viento por su pérdida. Tan
desconsoladamente que no se escuchaba nada más que sus gemidos al llorar. Por
otro lado, yo --Elizabeth Ross--, no derramé ninguna mísera lágrima. Me dediqué
a contemplar las diminutas estrellas del cielo y a abrazar a mi dulce hijo.
Aquél día, Arthur
y yo cumplíamos 15 años de casados. Lo extrañaba tanto que aún le dejaba un
hueco en la cama. Su hueco: el de la izquierda; porque decía que si pasaba algo
dentro de casa, él siempre estaría en posición para protegerme.
Se notaba tantísimo
su ausencia... sobre todo en Mike, que cada noche me venía a despertar porque
decía que no podía dormir. No sabía como seguir adelante. Siempre me preguntaba
qué hubiera hecho él en mi lugar, pero no tenía ni idea. Arthur era una persona
impredecible y valiente. Yo no era valiente, ni tenía coraje. Cada día pensaba
que me iba a desmoronar hasta no poder más, que me rendiría, hasta que Mike me
miró con los ojos grises de su padre y me dijo “Padre siempre estará en nuestro
corazón. No te preocupes, tú y yo podremos seguir adelante juntos. No me gusta
verte así, mamá.”.
En ese entonces
me dí cuenta de que Mike era Arthur. De que Arthur seguía aquí, pero en otro
cuerpo, en el de Mike. Me sentía muy orgullosa de mi pequeño héroe.
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